lunes, 28 de diciembre de 2009
sábado, 19 de diciembre de 2009
domingo, 6 de diciembre de 2009
Armas blancas
La goma que Iván había dejado sobre su banco captaba toda su atención. No tenía ganas de pensar entre qué imágenes había que ubicar FREEZING, MELTING, CONDENSATION, EVAPORATION. Cualquiera se daba cuenta que TEMPERATURE, STATE, PROCESS eran palabras distintas. Pero no tenía ganas de hacer lo que la maestra proponía para descubrir cual de esas era la mejor para darle un título a lo que iban a aprender ese día.
La goma de Iván, y lo que podía hacer con ella, se adueñaban de sus pensamientos. De a ratos miraba las fotos de revista que la maestra le había dado. Un montón de gente metida en el mar. “¿Estará bueno nadar ahí?”, imaginaba. Un vaso lleno de agua. “Habría que hacerle un poco de espuma, así parece cerveza”, pensaba. Una pava sobre la hornalla de la cocina largando una nube de humo. “Igual que en casa”, concluía.
De repente se paró, caminó hasta el banco de Iván y le agarró la goma.
“¡Devolveme esa goma, chorro!”, le gritó Iván enfurecido. Emanuel le devolvió una trompada. “El round de todos los días”, pensó la maestra. “Iván, anda a lavarte la boca que te está sangrando”, le dijo. Iván salió.
– ¿Y ahora qué pasó, Emanuel? – preguntó la maestra.
– Me dijo chorro.
– ¿Por qué le sacaste la goma? Se la hubieras pedido.
– Porque la necesitaba.
– Se la hubieras pedido. No actúes como chorro si no querés que te llamen chorro.
* * *
“¿Y ese tipo quién se piensa que es? ¿Qué me tiene que venir a decir chorro a mí? Le voy a dar el escobillón ese que tiene para barrer la vereda de la escuela por la cabeza un día. ¡Qué tiene que andar diciendo que yo soy un delincuente! Un día me voy a llevar un cuchillo y le voy a dar flor de susto a ese pajero! ¡Se va a cagar hasta las patas, va a ver!"
* * *
– Pero, señora, su hijo trajo un cuchillo a la escuela, es un arma blanca. Por suerte una maestra la vio debajo de su banco y me lo trajo a dirección sin que Emanuel lo notara.
– ¡Y qué le tienen que andar diciendo que es un delicuente, un chorro! De todo le dicen. ¡Mi hijo se tiene que defender, qué se piensa! Era para ese viejo, que lo trata como una basura.
– Pero es un arma blanca. El portero tuvo que hacer la denuncia, está atentando contra su vida.
– Y bueno, que la haga, total mi hijo es menor de edad.
La goma de Iván, y lo que podía hacer con ella, se adueñaban de sus pensamientos. De a ratos miraba las fotos de revista que la maestra le había dado. Un montón de gente metida en el mar. “¿Estará bueno nadar ahí?”, imaginaba. Un vaso lleno de agua. “Habría que hacerle un poco de espuma, así parece cerveza”, pensaba. Una pava sobre la hornalla de la cocina largando una nube de humo. “Igual que en casa”, concluía.
De repente se paró, caminó hasta el banco de Iván y le agarró la goma.
“¡Devolveme esa goma, chorro!”, le gritó Iván enfurecido. Emanuel le devolvió una trompada. “El round de todos los días”, pensó la maestra. “Iván, anda a lavarte la boca que te está sangrando”, le dijo. Iván salió.
– ¿Y ahora qué pasó, Emanuel? – preguntó la maestra.
– Me dijo chorro.
– ¿Por qué le sacaste la goma? Se la hubieras pedido.
– Porque la necesitaba.
– Se la hubieras pedido. No actúes como chorro si no querés que te llamen chorro.
* * *
“¿Y ese tipo quién se piensa que es? ¿Qué me tiene que venir a decir chorro a mí? Le voy a dar el escobillón ese que tiene para barrer la vereda de la escuela por la cabeza un día. ¡Qué tiene que andar diciendo que yo soy un delincuente! Un día me voy a llevar un cuchillo y le voy a dar flor de susto a ese pajero! ¡Se va a cagar hasta las patas, va a ver!"
* * *
– Pero, señora, su hijo trajo un cuchillo a la escuela, es un arma blanca. Por suerte una maestra la vio debajo de su banco y me lo trajo a dirección sin que Emanuel lo notara.
– ¡Y qué le tienen que andar diciendo que es un delicuente, un chorro! De todo le dicen. ¡Mi hijo se tiene que defender, qué se piensa! Era para ese viejo, que lo trata como una basura.
– Pero es un arma blanca. El portero tuvo que hacer la denuncia, está atentando contra su vida.
– Y bueno, que la haga, total mi hijo es menor de edad.
viernes, 4 de diciembre de 2009
miércoles, 2 de diciembre de 2009
lunes, 30 de noviembre de 2009
Un castillo y un amor
Esa noche Ella se acostó pensando en el castillo rosa y púrpura que había elegido para su torta de cumple. Mañana apagaría las cinco velitas. A partir de mañana necesitaría todos los dedos de una de sus manos para mostrar cuantos años tenía. ¡Lástima que solo podía pedir tres deseos! ¡Había tantas cosas para pedir! Y además había decidido regalarle uno de esos deseos a su mamá, que le había comprado el castillo más lindo del mundo.
La mamá quería un amor. Decía que era muy lindo tener un amor. Que uno estaba más feliz cuando tenía un amor y cosas así. A Ella le alcanzaba la cantidad de felicidad que tenía la mamá. La seño le había enseñado que el opuesto de “feliz” era “triste”, y que cuando uno está triste llora, o se acuesta en la cama aunque no sea la hora de dormir, o que simplemente la boca se pone como una media luna con las puntas para abajo. Y a su mamá no le pasaba nada de eso. No estaba triste. ¿Para qué quería estar más feliz?
Además ya había tenido un amor. Ese “Bastón” venía mucho a casa y hablaba mucho con su mamá. En verano venía seguido. A la noche, después de comer. A Ella le encantaba arrebatarle el helado que de vez en cuando traía. ¡Pero no le gustaba cuando le tocaba irse a dormir y ellos se quedaban hablando en el patio! A Ella le causaba mucha risa cuando veía que apoyaba los brazos en la mesa, la cabeza en los brazos y se dormía ahí nomás. ¡Pero no le hacía ninguna gracia cuando la mamá se le sentaba cerca o le masajeaba los hombros!
La mamá decía que estaba más contenta con un amor. Pero Ella no lo notaba. Los sábados estaba siempre apurada por terminar de limpiar. Después se tomaba unos mates rápido y empezaba a acomodar la ropa que tenían que llevar a la casa de los abuelos. Dormían allá los sábados. Ella comía con ellos, la llevaban a pasear y después la hacían dormir. La mamá salía con Bastón.
Al día siguiente, cuando Ella se despertaba, la mamá siempre estaba dormidísima. ¡Le tenía que gritar fuerte para despertarla! Se levantaban, desayunaban, jugaban un rato o salían a pasear. ¡Pero la mamá se la pasaba bostezando! ¡Y repetía “qué sueño” como veinte veces! La mamá decía que estaba más feliz. Ella la veía más apurada, más cansada e igual de feliz que cuando no tenía un amor.
Pero, bueno, mamá decía que el castillo más lindo del mundo era uno todo celeste, y sin embargo le había comprado el rosa y violeta que Ella quería. Ella ya tenía su castillo. Pediría entonces que el papá la llevara de paseo en tren, que la abuela le enseñara a hacer fideos… y que la mamá encontrara un amor.
La mamá quería un amor. Decía que era muy lindo tener un amor. Que uno estaba más feliz cuando tenía un amor y cosas así. A Ella le alcanzaba la cantidad de felicidad que tenía la mamá. La seño le había enseñado que el opuesto de “feliz” era “triste”, y que cuando uno está triste llora, o se acuesta en la cama aunque no sea la hora de dormir, o que simplemente la boca se pone como una media luna con las puntas para abajo. Y a su mamá no le pasaba nada de eso. No estaba triste. ¿Para qué quería estar más feliz?
Además ya había tenido un amor. Ese “Bastón” venía mucho a casa y hablaba mucho con su mamá. En verano venía seguido. A la noche, después de comer. A Ella le encantaba arrebatarle el helado que de vez en cuando traía. ¡Pero no le gustaba cuando le tocaba irse a dormir y ellos se quedaban hablando en el patio! A Ella le causaba mucha risa cuando veía que apoyaba los brazos en la mesa, la cabeza en los brazos y se dormía ahí nomás. ¡Pero no le hacía ninguna gracia cuando la mamá se le sentaba cerca o le masajeaba los hombros!
La mamá decía que estaba más contenta con un amor. Pero Ella no lo notaba. Los sábados estaba siempre apurada por terminar de limpiar. Después se tomaba unos mates rápido y empezaba a acomodar la ropa que tenían que llevar a la casa de los abuelos. Dormían allá los sábados. Ella comía con ellos, la llevaban a pasear y después la hacían dormir. La mamá salía con Bastón.
Al día siguiente, cuando Ella se despertaba, la mamá siempre estaba dormidísima. ¡Le tenía que gritar fuerte para despertarla! Se levantaban, desayunaban, jugaban un rato o salían a pasear. ¡Pero la mamá se la pasaba bostezando! ¡Y repetía “qué sueño” como veinte veces! La mamá decía que estaba más feliz. Ella la veía más apurada, más cansada e igual de feliz que cuando no tenía un amor.
Pero, bueno, mamá decía que el castillo más lindo del mundo era uno todo celeste, y sin embargo le había comprado el rosa y violeta que Ella quería. Ella ya tenía su castillo. Pediría entonces que el papá la llevara de paseo en tren, que la abuela le enseñara a hacer fideos… y que la mamá encontrara un amor.
Pis en la cama
Ella vivía con su mamá y su perra. Tenía su pieza con sus chiches, sus libros, su música. Tenía un celular para hablar con su papá, que vivía lejos. Bastante lejos, en la ciudad de la cual su mamá había decidido marcharse cuando Ella cumplió un año. Cuando Ella recién empezaba a dejar de ser bebé.
Ella ya no era un bebé. Ya no tomaba la leche en mamadera. Ya sabía escribir su nombre y hasta podía leer algunas palabras. Ya dibujaba flores y mariposas. Sin embargo, todas las mañanas cuando se despertaba para ir al jardín había un charco de pis en la cama.
Un día, la pediatra les propuso a Ella y a mamá que hicieran juntas un calendario, para ir marcando con estrellitas las noches en que Ella no se hacía pis. Cuando llegaron a casa, se pusieron manos a la obra y esa misma noche comenzó el desafío.
A la mañana siguiente, Ella despertó llorando porque se había hecho pis y no se había ganado la estrellita. Mamá dijo que no importaba, que había que seguir intentando. Probaron otra noche. A la mañana Ella se despertó enojada… ¡una vez más no había ganado su estrellita! Mamá dijo que tenían muchas noches por delante para seguir intentando. La tercera noche ocurrió lo que esperaban. Ella se despertó, llamó a mamá con un grito, y fueron al baño. A la mañana la cama estaba seca.
Esa semana se ganó tres estrellitas. La semana siguiente una. Y después no hubo más estrellitas. La verdad era que a ninguna de las dos les gustaba estar triste cuando se despertaban y descubrían un charco en la cama de Ella. Entonces mamá decía que no era nada, la cambiaba y la llevaba a la cama grande, donde seguían durmiendo contentas y tranquilas.
Pero las dos sabían que algo no andaba bien. Los compañeros de jardín de Ella no se hacían pis de noche. Pero ella sí. Mamá le explicaba que ya era grande: sabía usar el control remoto de la tele, sabía prender la compu sola, sabía llamar por teléfono a su papá sin ayuda. Sin embargo, todavía tenía eso de los bebés. Eso que no tenía que pasar más.
Pero aun pasaba. Y aunque ya no se ponían tristes, ni se enojaban, sabían que no estaba bien que todas las mañanas hubiera sábanas en el tendedero. No les gustaba el olor a pis en las frazadas. A Ella le daba vergüenza que sus compañeros supieran que todavía le pasaban cosas de bebé.¡Y qué vergüenza si se llegaban a enterar lo del pañal! Una noche, cuando vino su papá a buscarla y se quedó a dormir en la casa donde él paraba le puso un pañal para que no mojara el colchón.
Ella se ponía muy contenta cuando llegaba el papá. Pero mamá se enojaba con él casi siempre. Decía que no le hacía nada de caso: que no la llevaba al jardín, que no la llevaba a los cumpleaños, que pito, que flauta. Y esto de la vuelta al pañal la enojó muchísimo. El papá creía que esos enojos eran caprichos. Ella no entendía bien si eran caprichos o qué. Lo que sí entendía era que no le gustaban. Para la mamá no enojarse parecía tan difícil como para Ella no hacerse pis en la cama.
Pero un día mamá la sorprendió. Le propuso algo distinto: cada vez que lograra hablar con el papá sin pelear o enojarse se ganaría una estrellita. Cada estrellita iba a ser un regalo que tendría para darle a Ella cuando Ella no se hiciera pis en la cama.
A Ella le gustó la propuesta, se puso muy contenta. Y una vez más comenzaron un nuevo reto. Sabían que no iba a ser fácil, y que podía llevarles mucho tiempo juntar las estrellitas. Pero esta vez las dos estaban comprometidas con ese desafío y estaban dispuestas a no abandonarlo hasta que mamá terminara con sus enojos y ella pudiera crecer y no mojar más la cama.
Ella ya no era un bebé. Ya no tomaba la leche en mamadera. Ya sabía escribir su nombre y hasta podía leer algunas palabras. Ya dibujaba flores y mariposas. Sin embargo, todas las mañanas cuando se despertaba para ir al jardín había un charco de pis en la cama.
Un día, la pediatra les propuso a Ella y a mamá que hicieran juntas un calendario, para ir marcando con estrellitas las noches en que Ella no se hacía pis. Cuando llegaron a casa, se pusieron manos a la obra y esa misma noche comenzó el desafío.
A la mañana siguiente, Ella despertó llorando porque se había hecho pis y no se había ganado la estrellita. Mamá dijo que no importaba, que había que seguir intentando. Probaron otra noche. A la mañana Ella se despertó enojada… ¡una vez más no había ganado su estrellita! Mamá dijo que tenían muchas noches por delante para seguir intentando. La tercera noche ocurrió lo que esperaban. Ella se despertó, llamó a mamá con un grito, y fueron al baño. A la mañana la cama estaba seca.
Esa semana se ganó tres estrellitas. La semana siguiente una. Y después no hubo más estrellitas. La verdad era que a ninguna de las dos les gustaba estar triste cuando se despertaban y descubrían un charco en la cama de Ella. Entonces mamá decía que no era nada, la cambiaba y la llevaba a la cama grande, donde seguían durmiendo contentas y tranquilas.
Pero las dos sabían que algo no andaba bien. Los compañeros de jardín de Ella no se hacían pis de noche. Pero ella sí. Mamá le explicaba que ya era grande: sabía usar el control remoto de la tele, sabía prender la compu sola, sabía llamar por teléfono a su papá sin ayuda. Sin embargo, todavía tenía eso de los bebés. Eso que no tenía que pasar más.
Pero aun pasaba. Y aunque ya no se ponían tristes, ni se enojaban, sabían que no estaba bien que todas las mañanas hubiera sábanas en el tendedero. No les gustaba el olor a pis en las frazadas. A Ella le daba vergüenza que sus compañeros supieran que todavía le pasaban cosas de bebé.¡Y qué vergüenza si se llegaban a enterar lo del pañal! Una noche, cuando vino su papá a buscarla y se quedó a dormir en la casa donde él paraba le puso un pañal para que no mojara el colchón.
Ella se ponía muy contenta cuando llegaba el papá. Pero mamá se enojaba con él casi siempre. Decía que no le hacía nada de caso: que no la llevaba al jardín, que no la llevaba a los cumpleaños, que pito, que flauta. Y esto de la vuelta al pañal la enojó muchísimo. El papá creía que esos enojos eran caprichos. Ella no entendía bien si eran caprichos o qué. Lo que sí entendía era que no le gustaban. Para la mamá no enojarse parecía tan difícil como para Ella no hacerse pis en la cama.
Pero un día mamá la sorprendió. Le propuso algo distinto: cada vez que lograra hablar con el papá sin pelear o enojarse se ganaría una estrellita. Cada estrellita iba a ser un regalo que tendría para darle a Ella cuando Ella no se hiciera pis en la cama.
A Ella le gustó la propuesta, se puso muy contenta. Y una vez más comenzaron un nuevo reto. Sabían que no iba a ser fácil, y que podía llevarles mucho tiempo juntar las estrellitas. Pero esta vez las dos estaban comprometidas con ese desafío y estaban dispuestas a no abandonarlo hasta que mamá terminara con sus enojos y ella pudiera crecer y no mojar más la cama.
El vestido de Dulcinea
Dulcinea tenía unos pequeños ojos negros, una leve sonrisa rosa, un botoncito de nariz y dos colitas de lana naranja. Tenía un sombrero blanco con pintitas rosa y una cinta de seda de un rosa más oscuro rodeando el borde. Y tenía un vestido con el mismo motivo del sombrero.
A Ella le encantaba ese vestido: era delicado y de una tela suave. ¡Ninguna de sus otras otras muñecas tenía ropa tan linda! Ni siquiera ella tenía un vestido que le gustara más que el de Dulcinea. Y se imaginaba lo bonita que se vería su vaca Maribel con un vestidito así. Lo dulce que quedaría su brujita Brunilda si en vez de lucir ese vestido negro pudiera ponerse el de Dulcinea. Lo hermosa que estaría ella misma si pudiera ponerse ese vestido.
Pero el vestido era de Dulcinea y ni siquiera se lo podía sacar para probárselo a otras muñecas. Era tan de Dulcinea que no tenía botones, ni abrojo, ni cierre para abrirlo, sacárselo y poder bañarla como la bañaban a ella. ¡Tenía que jugar a bañarla vestida!
Y se aburrió de imaginarse que se lo sacaba. Entonces decidió buscar la manera de sacárselo en serio. Comenzó por las mangas, y a pesar de que escuchó un ¡crack! cuando tironeó para desnudarle los brazos, siguió intentando y se las sacó. Ahora el vestido le había quedado de poncho. Estaba atascado en el cuello. No había forma de que pasara por la cabeza sin romperse. Ella no lo quería romper, pero se lo quería sacar. Entonces, cuando estuvo segura de que no había moros en la costa, fue a buscar la tijerita puntuda que había en el costurero de la casa y la llevó escondida en el bolsillo del jogging a su cuarto, donde había dejado a Dulcinea con el vestido atascado en el cuello.
Con mucho cuidado y siguiendo la línea de la costura que el vestido tenía en la espalda, dio un tijeretazo y lo abrió lo suficiente como para que le pasara por la cabeza. ¡Ella estaba feliz, había logrado su cometido! Inmediatamente agarró a Maribel para ponérselo. Pero con esos cuernos que tienen las vacas en la cabeza era imposible que el vestido le entrara. Y no quiso seguir cortando. Entonces dejó a Maribel y agarró a Brunilda. De un solo zaque abrió el abrojo que cerraba su vestido negro y la desnudó. Le puso el vestido blanco con pintitas rosa y cintitas de seda de un rosa más oscuro en los puños y la cintura. Extendió sus brazos sosteniendo a Brunilda con sus manos y la miró. Brunilda era muy flaca. El vestido no era tan lindo en el cuerpo de Brunilda. La brujita estaba más linda con su vestido negro que hacía juego con su sombrero de bruja, su escoba y sus penetrantes ojos verdes.
Y a pesar de que era evidente que el vestido de Dulcinea era demasiado chico para ella, metió su mano en la manga, empujó y, obviamente, lo rompió. Por unos minutos quedó paralizada, mirando el tajo que le había hecho a la manga. Y se dio cuenta de que el vestido ya nunca más iba a ser el mismo. Ni siquiera cuando lo luciera Dulcinea. Y lloró desconsoladamente hasta que entró a su cuarto su mamá, que había sentido su llanto cuando dejó de funcionar el lavarropas.
Al ver lo que había pasado, su mamá le dijo que no llorara por eso. Esa manga ya no se podía arreglar, pero le podían sacar las dos y transformar el vestido en un solero: después de todo ya era noviembre y estaba empezando a hacer calor. Hicieron eso. La verdad es que el solero no era tan lindo como el vestido y Dulcinea no volvió a tener otro vestido tan hermoso.
Pero ella sí. Para su cumpleaños la abuela le regaló el vestido más hermoso que hubiera visto en su vida. Era rosa, con flores lila bordadas en el pecho y un lazo del mismo color de las flores. Debajo del lazo se abrían dos volados: ¡a ella le fascinaban los volados! Y se imaginaba lo linda que quedaría Dulcinea, o la vaca Maribel o la brujita Brunilda con ese vestido. Y pensó en probárselo a alguna de ellas. Y cuando levantó a Dulcinea de la mesita de luz vio su foto de cuando era bebé debajo del vidrio. Se dio cuenta que pronto iba a estar más grande y le iba a tener que pasar el vestido a su hermanita menor. Entonces dejó que cada muñeca se quedara con su ropa, se lo puso y fue a buscar a su mamá para mostrarle lo linda estaba.
A Ella le encantaba ese vestido: era delicado y de una tela suave. ¡Ninguna de sus otras otras muñecas tenía ropa tan linda! Ni siquiera ella tenía un vestido que le gustara más que el de Dulcinea. Y se imaginaba lo bonita que se vería su vaca Maribel con un vestidito así. Lo dulce que quedaría su brujita Brunilda si en vez de lucir ese vestido negro pudiera ponerse el de Dulcinea. Lo hermosa que estaría ella misma si pudiera ponerse ese vestido.
Pero el vestido era de Dulcinea y ni siquiera se lo podía sacar para probárselo a otras muñecas. Era tan de Dulcinea que no tenía botones, ni abrojo, ni cierre para abrirlo, sacárselo y poder bañarla como la bañaban a ella. ¡Tenía que jugar a bañarla vestida!
Y se aburrió de imaginarse que se lo sacaba. Entonces decidió buscar la manera de sacárselo en serio. Comenzó por las mangas, y a pesar de que escuchó un ¡crack! cuando tironeó para desnudarle los brazos, siguió intentando y se las sacó. Ahora el vestido le había quedado de poncho. Estaba atascado en el cuello. No había forma de que pasara por la cabeza sin romperse. Ella no lo quería romper, pero se lo quería sacar. Entonces, cuando estuvo segura de que no había moros en la costa, fue a buscar la tijerita puntuda que había en el costurero de la casa y la llevó escondida en el bolsillo del jogging a su cuarto, donde había dejado a Dulcinea con el vestido atascado en el cuello.
Con mucho cuidado y siguiendo la línea de la costura que el vestido tenía en la espalda, dio un tijeretazo y lo abrió lo suficiente como para que le pasara por la cabeza. ¡Ella estaba feliz, había logrado su cometido! Inmediatamente agarró a Maribel para ponérselo. Pero con esos cuernos que tienen las vacas en la cabeza era imposible que el vestido le entrara. Y no quiso seguir cortando. Entonces dejó a Maribel y agarró a Brunilda. De un solo zaque abrió el abrojo que cerraba su vestido negro y la desnudó. Le puso el vestido blanco con pintitas rosa y cintitas de seda de un rosa más oscuro en los puños y la cintura. Extendió sus brazos sosteniendo a Brunilda con sus manos y la miró. Brunilda era muy flaca. El vestido no era tan lindo en el cuerpo de Brunilda. La brujita estaba más linda con su vestido negro que hacía juego con su sombrero de bruja, su escoba y sus penetrantes ojos verdes.
Y a pesar de que era evidente que el vestido de Dulcinea era demasiado chico para ella, metió su mano en la manga, empujó y, obviamente, lo rompió. Por unos minutos quedó paralizada, mirando el tajo que le había hecho a la manga. Y se dio cuenta de que el vestido ya nunca más iba a ser el mismo. Ni siquiera cuando lo luciera Dulcinea. Y lloró desconsoladamente hasta que entró a su cuarto su mamá, que había sentido su llanto cuando dejó de funcionar el lavarropas.
Al ver lo que había pasado, su mamá le dijo que no llorara por eso. Esa manga ya no se podía arreglar, pero le podían sacar las dos y transformar el vestido en un solero: después de todo ya era noviembre y estaba empezando a hacer calor. Hicieron eso. La verdad es que el solero no era tan lindo como el vestido y Dulcinea no volvió a tener otro vestido tan hermoso.
Pero ella sí. Para su cumpleaños la abuela le regaló el vestido más hermoso que hubiera visto en su vida. Era rosa, con flores lila bordadas en el pecho y un lazo del mismo color de las flores. Debajo del lazo se abrían dos volados: ¡a ella le fascinaban los volados! Y se imaginaba lo linda que quedaría Dulcinea, o la vaca Maribel o la brujita Brunilda con ese vestido. Y pensó en probárselo a alguna de ellas. Y cuando levantó a Dulcinea de la mesita de luz vio su foto de cuando era bebé debajo del vidrio. Se dio cuenta que pronto iba a estar más grande y le iba a tener que pasar el vestido a su hermanita menor. Entonces dejó que cada muñeca se quedara con su ropa, se lo puso y fue a buscar a su mamá para mostrarle lo linda estaba.
El juego de mate
El juego de mate
Su padrino lo había visto en una vidriera una tarde cuando volvía de trabajar. Y Papá Noel lo había dejado debajo de su cama esa misma Navidad. Ella adora jugar a ser grande y cebar mates a todos los que iban a su casa a jugar. Su juego de mate era colorido, de un plástico brillante. Tenía flores en la pava, en la yerbera, en la azucarera.
ese verano fue muy caluroso y no salía de la pileta si no era porque ya no aguantaba más las ganas de hacer pis. Y mamá le había dicho que podía jugar con el mate en la pileta, pero que el color de las flores se iba a ir desgastando. Y Valentina había venido a pasar la tarde con ella y querían jugar con el mate en la pile. y no importó que el color de las flores perdiera intensidad. Y jugaron un día. Y otro. Y todo el verano. Y se divirtieron mucho. y de las flores no había quedado ni rastro. Pero se habían divertido mucho.
Un día Valentina llenó la pava de agua y comenzó a correr al perito de la casa para mojarlo. Mamá les había dicho que era mucha agua para esa pava de plástico. Pero se estaban divirtiendo mucho y a ella le encantaba que valentina se divirtiera mucho cuando venía a jugar a su casa. Entonces no se opuso a que la llenara una y mil veces y que molestara a su mascota. Y la pava resistía, pero el brazo de Valentina en un momento perdió fuerza y la pava se desplomó en el piso. Se partió en tres. Y las dos lloraron. Y mamá trató de consolarlas diciéndoles que había cosas peores, que por lo menos la pava no había caído sobre el dedo chiquito del pie, que es tan sensible. Y se rieron y guardaron los tres pedazos pensando que de alguna manera, en algún momento, la iban a poder arreglar.
Y un día la pegaron con cinta y pudieron jugar. Pero no era lo mismo, no se le podía cargar agua porque perdía. y se mojaba la cinta. y se despegaba. Y volvía a estar rota. Y otro día le pusieron un montón de voligoma y la dejaron secar toda la tarde, la noche entera. Al otro día parecía que el intento había resultado un éxito. La cargaron con agua y no perdía. Y jugaron un buen rato. Pero de repente… ¡crack! De nuevo se despegó. Entonces ella se resignó a guardar los pedazos y a sacarlos de vez en cuando para recordar los lindos momentos que había pasado jugando con la pava con su amiguita Valentina.
Un día vino a jugar Julieta y sacó de la caja de chiches la yerbera, la azucarera, el mate la bombilla. Y siguió revolviendo y revolviendo y no encontró lo que buscaba. Entonces ella le dijo que ya no tenía pava, que podía hacer de cuenta que una botellita de gaseosa que había quedado de la tarde de domingo en la plaza, era la pava. Julieta le preguntó qué había pasado. Ella le contó. Y le mostró.
A Julieta le había pasado algo parecido con una alcancía de plástico. El papá se la había arreglado con un pegamento especial y ahora estaba llena de monedas, repesada y no se había vuelto a abrir. Al día siguiente, Julieta volvió con el pegamento y las instrucciones de uso. se lo dio a la mamá de ella y volvieron a intentar. No fue fácil porque el pegamento era tan bueno que si quedaba en un dedo, y ese dedo tocaba otro dedo se quedaban pegados para siempre. ¡Y eso no está bueno! además el pegamento tenía un olor ho-rri-ble. Pero trabajaron con cuidado y funcionó: la pava ya no era más un lindo recuerdo. Era otra vez un chiche para jugar…y cuidar.
Su padrino lo había visto en una vidriera una tarde cuando volvía de trabajar. Y Papá Noel lo había dejado debajo de su cama esa misma Navidad. Ella adora jugar a ser grande y cebar mates a todos los que iban a su casa a jugar. Su juego de mate era colorido, de un plástico brillante. Tenía flores en la pava, en la yerbera, en la azucarera.
ese verano fue muy caluroso y no salía de la pileta si no era porque ya no aguantaba más las ganas de hacer pis. Y mamá le había dicho que podía jugar con el mate en la pileta, pero que el color de las flores se iba a ir desgastando. Y Valentina había venido a pasar la tarde con ella y querían jugar con el mate en la pile. y no importó que el color de las flores perdiera intensidad. Y jugaron un día. Y otro. Y todo el verano. Y se divirtieron mucho. y de las flores no había quedado ni rastro. Pero se habían divertido mucho.
Un día Valentina llenó la pava de agua y comenzó a correr al perito de la casa para mojarlo. Mamá les había dicho que era mucha agua para esa pava de plástico. Pero se estaban divirtiendo mucho y a ella le encantaba que valentina se divirtiera mucho cuando venía a jugar a su casa. Entonces no se opuso a que la llenara una y mil veces y que molestara a su mascota. Y la pava resistía, pero el brazo de Valentina en un momento perdió fuerza y la pava se desplomó en el piso. Se partió en tres. Y las dos lloraron. Y mamá trató de consolarlas diciéndoles que había cosas peores, que por lo menos la pava no había caído sobre el dedo chiquito del pie, que es tan sensible. Y se rieron y guardaron los tres pedazos pensando que de alguna manera, en algún momento, la iban a poder arreglar.
Y un día la pegaron con cinta y pudieron jugar. Pero no era lo mismo, no se le podía cargar agua porque perdía. y se mojaba la cinta. y se despegaba. Y volvía a estar rota. Y otro día le pusieron un montón de voligoma y la dejaron secar toda la tarde, la noche entera. Al otro día parecía que el intento había resultado un éxito. La cargaron con agua y no perdía. Y jugaron un buen rato. Pero de repente… ¡crack! De nuevo se despegó. Entonces ella se resignó a guardar los pedazos y a sacarlos de vez en cuando para recordar los lindos momentos que había pasado jugando con la pava con su amiguita Valentina.
Un día vino a jugar Julieta y sacó de la caja de chiches la yerbera, la azucarera, el mate la bombilla. Y siguió revolviendo y revolviendo y no encontró lo que buscaba. Entonces ella le dijo que ya no tenía pava, que podía hacer de cuenta que una botellita de gaseosa que había quedado de la tarde de domingo en la plaza, era la pava. Julieta le preguntó qué había pasado. Ella le contó. Y le mostró.
A Julieta le había pasado algo parecido con una alcancía de plástico. El papá se la había arreglado con un pegamento especial y ahora estaba llena de monedas, repesada y no se había vuelto a abrir. Al día siguiente, Julieta volvió con el pegamento y las instrucciones de uso. se lo dio a la mamá de ella y volvieron a intentar. No fue fácil porque el pegamento era tan bueno que si quedaba en un dedo, y ese dedo tocaba otro dedo se quedaban pegados para siempre. ¡Y eso no está bueno! además el pegamento tenía un olor ho-rri-ble. Pero trabajaron con cuidado y funcionó: la pava ya no era más un lindo recuerdo. Era otra vez un chiche para jugar…y cuidar.
Mora, the mara
El copyright del cuento original es de la Editorial Guadal. Sin su permiso no puedo compartir mis trabajos.Los cuentos en español están muy buenos y se consiguen en las librerias, por lo menos en la provincia de Buenos Aires.¡Buena lectura para los chicos!
Enemies
Doctors said the limbo my father was in after the surgery would have a good turn. They could neither find the source nor the cause of the permanent drowsiness that kept him motionless on the health centre bed, surrendered to the oxygen mask, malleable to the nurses and absent to me. They said: “post-operative stress.” I thought: “Great, he’s off.” Why staying awake if life could only offer him its edges, its outskirts, its shores, the most terrifying ones; a puerile dependence, the injections, the pills, the pulp urinal, the kinesiologist’s grasps stretching his legs, looking for his vein, palpating his body without the slightest stealth?
The trouble was feeding him. He wouldn’t open his mouth. And if he did, he would nod off without chewing. I used to go every midday and every evening to feed him. I told him:
“Yummy chicken, here.”
He slept, or pretended to do so. Plunged into his post-operative stress. I speared a piece of unsalted chicken and opened his mouth with one hand while with the other I brought the mouthful near him. When he accepted I helped him setting the rhythm:
“One, two, three, yummy. Again. One, two, three, yummy.”
We had done worse things all over that long month, he and I. For some days, I myself had to set the rhythm of his breath to him. Because post-operative stress was tricky: my father forgot about breathing. So, at the moment of feeding him I didn’t feel utterly let down. It was unpleasant putting in and taking off his false teeth every time I started my daily rite, but human nature is appealing, inscrutable: one ends up doing the most disgusting things with certain naturalness. It must be some gen that is activated in middle-aged adults when they have to aid their parents in medical emergencies.
That night, I insisted on my yummy chicken, already used to getting in exchange for my faded enthusiasm the sheerest of my father’s ignorance, when suddenly I saw him raising a twinkling hand, as if asking for silence or a pause. He said, in a voice older than the one I recalled:
“I’ve got the feeling nobody is my enemy.”
I stood with the fork in my hand, motionless. I didn’t know if such an assertion was a signal that he was either coming back or leaving. As he nodded off instantly again, I called the doctor and told him what had happened. The doctor, a young practitioner who wanted to be taken into account, asserted that patients, when they suffer from post-operative stress, sometimes speak. I stared at him. An idiot.
Young doctors love having the sick’s relatives looking at them, chicken-faced, as if the very life, the whole life, the life beyond the sick and all the complex composition and perspective of the family depended on what he is about to say. Anyway, I tried him to sit well with me because I was about to go back home and I left less worried if my father was in the care of a doctor that sat right with me.
I went out. It was August. It was cold. I got into my car and drove down Callao St. I was thinking about my father’s words. I thought it was great to reach the end of life with that feeling. He had said reconciliation “feeling”. He was undergoing it now. While he was under that bloody post-operative stress. The feeling of not having enemies: his dying body, his disturbed mind devoted, in some imperceptible dimension, to make it up with facts and people that had gone by his life. The feeling in the body he had been expropriated from. Having no enemies, in his soul.
All of a sudden, in the dashboard a red light turned on. I didn’t get the sign, but in a nervous breakdown I recalled the mechanic had said I would be in trouble with the water pump. I didn’t know what a water pump was, if the water pump exploded like dynamite or just like a carnival firework. I was too startled. I had palpitations. My car would break down, I would have to call the service, and I was so, so exhausted after giving my father his yummy chicken. I wouldn’t put up with it.
What a good beginning for a short story, I thought as I drove on, looking alternatively at the street and the dashboard: a woman that leaves after seeing her father unconscious and listening to him saying a wonderful phrase, which sounds as a farewell, and whose car breaks down when she’s coming back home. Many things were breaking down that August. At forty, childhood was definitely breaking down. My family photo was breaking down.
“It won’t happen because I thought about it.” I thought to make myself feel better. That’s my cabala. I think about the worst things so that they can’t occur. Nothing terrible ever happens to me, but I live hunted by my thoughts. “The car won’t break down if I think it’ll break down,” I went on thinking. And I cheered myself up as I drove down Córdoba Avenue, and block after block I reached my bedroom. I wanted to take my shoes off and have a warm shower and have a tranquilizer and sleep. The following day I had to come back to the health care centre to try again and unsuccessfully my fight for the yummy chicken.
When I got El Salvador, the street I live in, I turned triumphantly: we wriggled out of it, I thought, the dashboard dark and the water pulp withstanding there where God wants water pumps to withstand. Once at my building’s garage, I sounded the horn so that my porter opened the gate. It was taking him long. I sounded the horn again. The gate started to open slowly. I saw two men at the porter’s booth but I didn’t say hello. I was very tired. When I wanted to park my car in my parking lot, I saw a van crossing ahead of me. I sounded the horn one more time. A boy I didn’t know approached me. I was upset. The boy made me signs. I winded down the window glass and, in a bad mood, I told him:
“I don’t understand what you tell me. What’s this van doing here?”
“We’re stealing, madam. Take it easy.” he said putting a gun on my head.
«It’s clear, can’t you see? This is happening because you didn’t think about it. Why hadn’t I thought of a woman who’s coming back after seeing her father unconscious and, on her way back, is afraid her car would break down, and when she arrives a glassy-eyed teen with a worked-up gesture pulls a gun on her?» I’m this way: I blame myself for everything. The boy opened the car door and said:
“Get out.”
Before getting out of the car I checked if I had left the keys in. I wanted to give them that car, I wanted to give them my money, give them all my belongings, say good night to them and reach my bedroom to take my shoes off. But the boy pulled the gun on my head again. I had the tranquilizers in my handbag, but I wasn’t my handbag’s owner anymore. I hadn’t given it to him yet, but the boy with the gun was my handbag’s owner. I realized that meant he had robbed me of my tranquilizers also. I began to despair.
The boy took me to the back of the garage, it was long before I figured out the scene in store for me. Six or seven of my neighbours were lying on the floor, hands behind their heads, and there was another boy aiming at them.
“I need something,” I said under my breath to the one aiming at me.
“Keep cool, madam,” he said.
“Exactly, I need something,” I said again.
“Do whatever we ask you and you go home,” he whispered.
“I need something,” I repeated. We had already reached the backside and the boy was making me kneel down on the floor, next to my neighbours, who had, all of them, hare-in-despair eyes.
“Give me your handbag,” said the boy.
“I need something,” I told him, handing it to him.
“Get stuffed, madam. What do you need?”
“In my handbag,” I sobbed.
“Not the handbag, lady. I’m a thief, I steal handbags,” he told me. He was more relaxed.
“I don’t want my handbag. I need a tranquilizer that’s in the handbag,” I looked at him in the eye. No, his eyed weren’t so glassy.
“A pill?” he answered a bit baffled.
“I’m a bit mad,” I explained to him in a very low voice. “If I get nervous, I yell. Please, I want this theft to turn out right. Give me a tranquilizer. It’s in the handbag’s pocket.”
To my surprise, he opened the pocket’s zip. He put his hand in and rummaged about. He found the blister. He gave it to me. Before he pulled his hand away, I covered it with mine.
“I’ve got an idea,” I told him.
“Take your pill and stop pissing me off, madam,” he said.
“I’ve got an idea for the theft to come off,” my face must have lit up since he approached his so that I could tell him my idea and nobody could listen. “Hand them round,” I told him showing the pills to him. “They are strong, give one each,” I pointed at my neighbours- “so that they don’t piss you off and you can work in peace.”
The boy stood looking at me. Suddenly, we had become partners. He wanted an important, imported car to arrive, and he had to hold us as hostages until that happened. For some reason I ignored and I’ll never get to know, he had that overbearing need that night. As for me, I wanted to reach my house and take my shows off.
I was so weighed down halfway through August that year that nothing, nothing was as important to me as getting home and taking my shoes off. We were partners and we both wanted the theft to turn out right.
The boy dropped a pill on my hand and then started to hand out the ones in the blister among my neighbours.
“Swallow” he said to each of them.
I have horse sedatives. My neighbours started to get slowly into a kind of drowsiness I knew very well. The notion of time and space wasn’t lost, but everything moved away, everything was relative. With one, the one from the second floor C, who was close to me, we even smiled at each other after half an hour. It was terrible, but also ridiculous to be lying down there, hands back on the neck, being aimed at, waiting- both neighbours and thieves- for a BMW to turn up.
The car turned up at about midnight. The owner sounded the horn. The gate opened. One of the boys blocked his way, made him get out, called the other, mine, my partner, that winked at me before leaving, and that’s it. The end.
My neighbours were already outside, a bit dizzy, celebrating the thieves had fled away, a patrol had arrived and the police were taking statements.
I remained leaning against the garage’s back wall, lit up by the gift of being the daughter of a man who has no enemies.
The trouble was feeding him. He wouldn’t open his mouth. And if he did, he would nod off without chewing. I used to go every midday and every evening to feed him. I told him:
“Yummy chicken, here.”
He slept, or pretended to do so. Plunged into his post-operative stress. I speared a piece of unsalted chicken and opened his mouth with one hand while with the other I brought the mouthful near him. When he accepted I helped him setting the rhythm:
“One, two, three, yummy. Again. One, two, three, yummy.”
We had done worse things all over that long month, he and I. For some days, I myself had to set the rhythm of his breath to him. Because post-operative stress was tricky: my father forgot about breathing. So, at the moment of feeding him I didn’t feel utterly let down. It was unpleasant putting in and taking off his false teeth every time I started my daily rite, but human nature is appealing, inscrutable: one ends up doing the most disgusting things with certain naturalness. It must be some gen that is activated in middle-aged adults when they have to aid their parents in medical emergencies.
That night, I insisted on my yummy chicken, already used to getting in exchange for my faded enthusiasm the sheerest of my father’s ignorance, when suddenly I saw him raising a twinkling hand, as if asking for silence or a pause. He said, in a voice older than the one I recalled:
“I’ve got the feeling nobody is my enemy.”
I stood with the fork in my hand, motionless. I didn’t know if such an assertion was a signal that he was either coming back or leaving. As he nodded off instantly again, I called the doctor and told him what had happened. The doctor, a young practitioner who wanted to be taken into account, asserted that patients, when they suffer from post-operative stress, sometimes speak. I stared at him. An idiot.
Young doctors love having the sick’s relatives looking at them, chicken-faced, as if the very life, the whole life, the life beyond the sick and all the complex composition and perspective of the family depended on what he is about to say. Anyway, I tried him to sit well with me because I was about to go back home and I left less worried if my father was in the care of a doctor that sat right with me.
I went out. It was August. It was cold. I got into my car and drove down Callao St. I was thinking about my father’s words. I thought it was great to reach the end of life with that feeling. He had said reconciliation “feeling”. He was undergoing it now. While he was under that bloody post-operative stress. The feeling of not having enemies: his dying body, his disturbed mind devoted, in some imperceptible dimension, to make it up with facts and people that had gone by his life. The feeling in the body he had been expropriated from. Having no enemies, in his soul.
All of a sudden, in the dashboard a red light turned on. I didn’t get the sign, but in a nervous breakdown I recalled the mechanic had said I would be in trouble with the water pump. I didn’t know what a water pump was, if the water pump exploded like dynamite or just like a carnival firework. I was too startled. I had palpitations. My car would break down, I would have to call the service, and I was so, so exhausted after giving my father his yummy chicken. I wouldn’t put up with it.
What a good beginning for a short story, I thought as I drove on, looking alternatively at the street and the dashboard: a woman that leaves after seeing her father unconscious and listening to him saying a wonderful phrase, which sounds as a farewell, and whose car breaks down when she’s coming back home. Many things were breaking down that August. At forty, childhood was definitely breaking down. My family photo was breaking down.
“It won’t happen because I thought about it.” I thought to make myself feel better. That’s my cabala. I think about the worst things so that they can’t occur. Nothing terrible ever happens to me, but I live hunted by my thoughts. “The car won’t break down if I think it’ll break down,” I went on thinking. And I cheered myself up as I drove down Córdoba Avenue, and block after block I reached my bedroom. I wanted to take my shoes off and have a warm shower and have a tranquilizer and sleep. The following day I had to come back to the health care centre to try again and unsuccessfully my fight for the yummy chicken.
When I got El Salvador, the street I live in, I turned triumphantly: we wriggled out of it, I thought, the dashboard dark and the water pulp withstanding there where God wants water pumps to withstand. Once at my building’s garage, I sounded the horn so that my porter opened the gate. It was taking him long. I sounded the horn again. The gate started to open slowly. I saw two men at the porter’s booth but I didn’t say hello. I was very tired. When I wanted to park my car in my parking lot, I saw a van crossing ahead of me. I sounded the horn one more time. A boy I didn’t know approached me. I was upset. The boy made me signs. I winded down the window glass and, in a bad mood, I told him:
“I don’t understand what you tell me. What’s this van doing here?”
“We’re stealing, madam. Take it easy.” he said putting a gun on my head.
«It’s clear, can’t you see? This is happening because you didn’t think about it. Why hadn’t I thought of a woman who’s coming back after seeing her father unconscious and, on her way back, is afraid her car would break down, and when she arrives a glassy-eyed teen with a worked-up gesture pulls a gun on her?» I’m this way: I blame myself for everything. The boy opened the car door and said:
“Get out.”
Before getting out of the car I checked if I had left the keys in. I wanted to give them that car, I wanted to give them my money, give them all my belongings, say good night to them and reach my bedroom to take my shoes off. But the boy pulled the gun on my head again. I had the tranquilizers in my handbag, but I wasn’t my handbag’s owner anymore. I hadn’t given it to him yet, but the boy with the gun was my handbag’s owner. I realized that meant he had robbed me of my tranquilizers also. I began to despair.
The boy took me to the back of the garage, it was long before I figured out the scene in store for me. Six or seven of my neighbours were lying on the floor, hands behind their heads, and there was another boy aiming at them.
“I need something,” I said under my breath to the one aiming at me.
“Keep cool, madam,” he said.
“Exactly, I need something,” I said again.
“Do whatever we ask you and you go home,” he whispered.
“I need something,” I repeated. We had already reached the backside and the boy was making me kneel down on the floor, next to my neighbours, who had, all of them, hare-in-despair eyes.
“Give me your handbag,” said the boy.
“I need something,” I told him, handing it to him.
“Get stuffed, madam. What do you need?”
“In my handbag,” I sobbed.
“Not the handbag, lady. I’m a thief, I steal handbags,” he told me. He was more relaxed.
“I don’t want my handbag. I need a tranquilizer that’s in the handbag,” I looked at him in the eye. No, his eyed weren’t so glassy.
“A pill?” he answered a bit baffled.
“I’m a bit mad,” I explained to him in a very low voice. “If I get nervous, I yell. Please, I want this theft to turn out right. Give me a tranquilizer. It’s in the handbag’s pocket.”
To my surprise, he opened the pocket’s zip. He put his hand in and rummaged about. He found the blister. He gave it to me. Before he pulled his hand away, I covered it with mine.
“I’ve got an idea,” I told him.
“Take your pill and stop pissing me off, madam,” he said.
“I’ve got an idea for the theft to come off,” my face must have lit up since he approached his so that I could tell him my idea and nobody could listen. “Hand them round,” I told him showing the pills to him. “They are strong, give one each,” I pointed at my neighbours- “so that they don’t piss you off and you can work in peace.”
The boy stood looking at me. Suddenly, we had become partners. He wanted an important, imported car to arrive, and he had to hold us as hostages until that happened. For some reason I ignored and I’ll never get to know, he had that overbearing need that night. As for me, I wanted to reach my house and take my shows off.
I was so weighed down halfway through August that year that nothing, nothing was as important to me as getting home and taking my shoes off. We were partners and we both wanted the theft to turn out right.
The boy dropped a pill on my hand and then started to hand out the ones in the blister among my neighbours.
“Swallow” he said to each of them.
I have horse sedatives. My neighbours started to get slowly into a kind of drowsiness I knew very well. The notion of time and space wasn’t lost, but everything moved away, everything was relative. With one, the one from the second floor C, who was close to me, we even smiled at each other after half an hour. It was terrible, but also ridiculous to be lying down there, hands back on the neck, being aimed at, waiting- both neighbours and thieves- for a BMW to turn up.
The car turned up at about midnight. The owner sounded the horn. The gate opened. One of the boys blocked his way, made him get out, called the other, mine, my partner, that winked at me before leaving, and that’s it. The end.
My neighbours were already outside, a bit dizzy, celebrating the thieves had fled away, a patrol had arrived and the police were taking statements.
I remained leaning against the garage’s back wall, lit up by the gift of being the daughter of a man who has no enemies.
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Translation of Sandra Russo's short story
domingo, 29 de noviembre de 2009
Hojas y cigarrillos
Ya era la última hora de clase. El calor húmedo de ese día hacía más intenso el olor a cuerpo sin baño diario que desde temprano inundaba el aula. Volaban gomas. Se oían puteadas que respondían a los golpes de las gomas. Se sentía el ruido de violentos puñetazos sobre los bancos. Se oía el “Basta, chicos, por favor” de la docente cada vez menos esporádico.
Entró Liliana, que hacía dos o tres meses cumplía tareas pasivas en la escuela. La esperaban desde que habían entrado a clase.
– Acá tenés una hoja, Nicolás– dijo
– Gracias– respondió Nicolás
– Dame una a mí también – dijo Agustín
– ¿Cómo? ¿Vos tampoco tenés?
– No, me quedan tres renglones, mirá – dijo Agustín enojado mostrándole la hoja donde escribía.
– ¿Alguien en tu casa fuma?
– Sí. ¿Por? – preguntó sorprendido
– Bueno, decile que fume un atado de cigarrillos menos y que te compre hojas. Te doy útiles todos los días. ¡Ni siquiera cuidas lo que te damos! – dijo dándole la hoja y se retiró.
Doce menos diez sonó el timbre. A las doce salieron. Un día menos en la escuela. Agustín se fue caminando solo. Antes de llegar a su casa frenó en el quiosco de la esquina para comprarse el chicle que trae tatuajes. La vieja de enfrente y el quiosquero estaban afuera, buscando entre las revistas el Arte de Tejer del mes pasado. La nueva había salido en capital, pero a trescientos kilómetros de ahí todavía no se la conseguía.
La cartera de la mujer estaba semiabierta, arriba del mostrador. La punta de un billete de veinte pesos se asomaba en el bolsillo de la cartera. Agustín lo sacó y se fue.
Al día siguiente Agustín salió para la escuela con la carpeta llena de hojas y dejó en la mesita de luz de la madre un atado de Derby suaves.
Entró Liliana, que hacía dos o tres meses cumplía tareas pasivas en la escuela. La esperaban desde que habían entrado a clase.
– Acá tenés una hoja, Nicolás– dijo
– Gracias– respondió Nicolás
– Dame una a mí también – dijo Agustín
– ¿Cómo? ¿Vos tampoco tenés?
– No, me quedan tres renglones, mirá – dijo Agustín enojado mostrándole la hoja donde escribía.
– ¿Alguien en tu casa fuma?
– Sí. ¿Por? – preguntó sorprendido
– Bueno, decile que fume un atado de cigarrillos menos y que te compre hojas. Te doy útiles todos los días. ¡Ni siquiera cuidas lo que te damos! – dijo dándole la hoja y se retiró.
Doce menos diez sonó el timbre. A las doce salieron. Un día menos en la escuela. Agustín se fue caminando solo. Antes de llegar a su casa frenó en el quiosco de la esquina para comprarse el chicle que trae tatuajes. La vieja de enfrente y el quiosquero estaban afuera, buscando entre las revistas el Arte de Tejer del mes pasado. La nueva había salido en capital, pero a trescientos kilómetros de ahí todavía no se la conseguía.
La cartera de la mujer estaba semiabierta, arriba del mostrador. La punta de un billete de veinte pesos se asomaba en el bolsillo de la cartera. Agustín lo sacó y se fue.
Al día siguiente Agustín salió para la escuela con la carpeta llena de hojas y dejó en la mesita de luz de la madre un atado de Derby suaves.
Aranda
Aranda salió de su aula y se metió en la de al lado. La de inglés, que escribía algo en el pizarrón, no lo vio entrar. Se escondió al fondo del aula, en un rincón, debajo de un banco. Pronto apareció en la puerta del aula Prado. Aranda salió del escondite, se armó de una mochila que tenía cerca y se la tiró como para bajarlo de un solo zaque. Prado se cubrió la cabeza, pero se ligó flor de golpe igual. Corrió hasta donde estaba Aranda, le pego dos o tres puñetazos y salió corriendo.
– ¡Aranda, vos no sos de sexto!, dijo la maestra – ¿Qué hacés acá?
– Hace un rato que está, dijo uno de los chicos de sexto
– Te podés ir a tu aula, Aranda.
– Usted no me falte el respeto– le respondió.
– ¿Porqué te estoy faltando el respeto?
– Porque me dice “Aranda”.
– ¿No es tu apellido? ¿Cómo querés que te llame?
– Alan
– Bueno, Alan, disculpame. Podés volver a tu aula.
Alan se paró, saludó y salió. Al rato entró otra vez. Le dijo algo a dos de los chicos y empezaron a los manotazos.
– Alan, si te querés quedar aca agarrás una hoja y te pones a trabajar.
Pidió una hoja y se puso a copiar. Al rato se levantó y salió corriendo de nuevo.
Doce menos diez tocó el timbre. Alan ya estaba con sus cosas afuera del aula. Se acercó a la entrada de su escuela pública. Los mismos cimientos de orden y progreso sobre los que se habían levantado paredes que cobijarían cultura, conocimiento, oportunidades, servían ahora de refugio a Alan. El enrejado de la entrada, le permitía ver que ya no estaba el viejo borracho que le habían dicho lo esperaba desde temprano. Volvió al patio.
Cuando vio que abrieron las puertas corrió velozmente. Sin siquiera oír los gritos de las docentes y sorteando violenta y hábilmente sus manotazos escapó. No paró hasta entrar a su casa. Se oían voces en el patio. Sonaba reggaeton en la pieza. Se sacó la mochila. Prendió la tele, se tiró en el sillón y poco a poco su corazón volvió a latir con serenidad.
– ¡Aranda, vos no sos de sexto!, dijo la maestra – ¿Qué hacés acá?
– Hace un rato que está, dijo uno de los chicos de sexto
– Te podés ir a tu aula, Aranda.
– Usted no me falte el respeto– le respondió.
– ¿Porqué te estoy faltando el respeto?
– Porque me dice “Aranda”.
– ¿No es tu apellido? ¿Cómo querés que te llame?
– Alan
– Bueno, Alan, disculpame. Podés volver a tu aula.
Alan se paró, saludó y salió. Al rato entró otra vez. Le dijo algo a dos de los chicos y empezaron a los manotazos.
– Alan, si te querés quedar aca agarrás una hoja y te pones a trabajar.
Pidió una hoja y se puso a copiar. Al rato se levantó y salió corriendo de nuevo.
Doce menos diez tocó el timbre. Alan ya estaba con sus cosas afuera del aula. Se acercó a la entrada de su escuela pública. Los mismos cimientos de orden y progreso sobre los que se habían levantado paredes que cobijarían cultura, conocimiento, oportunidades, servían ahora de refugio a Alan. El enrejado de la entrada, le permitía ver que ya no estaba el viejo borracho que le habían dicho lo esperaba desde temprano. Volvió al patio.
Cuando vio que abrieron las puertas corrió velozmente. Sin siquiera oír los gritos de las docentes y sorteando violenta y hábilmente sus manotazos escapó. No paró hasta entrar a su casa. Se oían voces en el patio. Sonaba reggaeton en la pieza. Se sacó la mochila. Prendió la tele, se tiró en el sillón y poco a poco su corazón volvió a latir con serenidad.
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