Bichitos de todo tipo
brotan como gramilla
en el terreno mojado
después de la lluvia.
El olor a tierra húmeda,
el aroma a savia
parece decirle a los pájaros
que ya es hora de su panzada.
Bajan de los tapiales,
de los árboles, del cielo.
Van en busca de sus presas
que se deslizan a ras del suelo
y emprenden la retirada
ni bien oyen que el perro ladra.
Lo vuelven a intentar
cuando los ladridos callan
y ven al perrito tranquilo,
fresquito bajo el ciruelo.
Planean rápido hacia el suelo,
entierran el pico en el césped
y escuchan otra vez torear
al perrito de la casa
que de inmediato abandona la sombra
y corre sin sospechar
que a muchas lombrices va a salvar.
Y una vez más se van
con ganas de comer más,
pero ahora el perro los mira
no se queda tan tranquilo.
Y es esperar y esperar,
algo tiene que pasar
y ellos volverán a intentar.
Pasan nubes por el cielo,
que una brisa leve empuja
y ciruelas ,ya pesadas,
se desprenden de las ramas
y revientan en el piso.
Revolotean mariposas
entre flores, entre plantas
y el perro sigue atento
protegiendo, sin saberlo,
a los bichitos del jardín
que contentos se desplazan
de acá para allá
de allá, para acá.
¡Y de pronto sucedió!
seco, corto y muy fuerte
el timbre de la casa sonó.
El perro corrió hasta la entrada
y se perdió detrás de la puerta
¡ahora sí era el momento de bajar
para almorzar1
martes, 12 de enero de 2010
Vaquita, ¡esperá que pienso!
Tumbada, patas arriba
aprovecho la ocasión
para elegir tres deseos
entre más de un millón.
Rapidísimo se agitan
sus archi-cortas patas.
Una pista, camioncitos,
mejor ir a Mar del Plata.
La play, un celu, una tele para mí.
Mejor un día con el Colo
que ahora vive en Tandil,
¡y no lo veo hace mil!
O a visitar a mi tía
a la ciudad de los niños,
¡vaquita!, aunque no lo merezca
muy pronto, antes de que crezca.
Y de a ratos se detiene,
tal vez muy cansada está
¿ilusiones ya no tiene?
pues yo la voy a ayudar.
¡A la playa, a las sierras
y a La Plata quiero ir!
No agites más tus patitas
que te giro y te podés ir.
aprovecho la ocasión
para elegir tres deseos
entre más de un millón.
Rapidísimo se agitan
sus archi-cortas patas.
Una pista, camioncitos,
mejor ir a Mar del Plata.
La play, un celu, una tele para mí.
Mejor un día con el Colo
que ahora vive en Tandil,
¡y no lo veo hace mil!
O a visitar a mi tía
a la ciudad de los niños,
¡vaquita!, aunque no lo merezca
muy pronto, antes de que crezca.
Y de a ratos se detiene,
tal vez muy cansada está
¿ilusiones ya no tiene?
pues yo la voy a ayudar.
¡A la playa, a las sierras
y a La Plata quiero ir!
No agites más tus patitas
que te giro y te podés ir.
sábado, 9 de enero de 2010
Cosas de moscas
Zzzzzzzzzzuuummmm, para acá.
Zzzzzzzzzzuuummmm, para allá.
Espiral, espiral, espiral
marea la lamparita.
Zzzzzzzzzzuuummmm,cosquillas en mi nariz.
Zzzzzzzzzzuuummmm,en el dedo gordo del pie.
Zig-zag, zig-zag, zig-zag
contra el zócalo de madera.
Zzzzzzzzzzuuummmm,hacia el techo.
Zzzzzzzzzzuuummmm,hacia el piso.
Flecha fugaz choca el vidrio
y ¡tac!
rebota hacia atrás.
Flecha otra vez
y ¡tac!
de nuevo hacia atrás.
Flecha fugaz insiste
emboca en la endija delgada
y se manda a mudar.
Zzzzzzzzzzuuummmm, para allá.
Espiral, espiral, espiral
marea la lamparita.
Zzzzzzzzzzuuummmm,cosquillas en mi nariz.
Zzzzzzzzzzuuummmm,en el dedo gordo del pie.
Zig-zag, zig-zag, zig-zag
contra el zócalo de madera.
Zzzzzzzzzzuuummmm,hacia el techo.
Zzzzzzzzzzuuummmm,hacia el piso.
Flecha fugaz choca el vidrio
y ¡tac!
rebota hacia atrás.
Flecha otra vez
y ¡tac!
de nuevo hacia atrás.
Flecha fugaz insiste
emboca en la endija delgada
y se manda a mudar.
miércoles, 6 de enero de 2010
Insomnio de una noche de verano
Verano, veranito,
¿por qué tantos mosquitos?
Yo estaba soñando que estaba jugando
con motores de tractores
y quinientas herramientas.
Zumbidos, zumbidos,
me sacaron de mi sueño,
de un mundo del cual era dueño.
Hermano, hermanito,
¿por qué esos ronquidos?
Me quiero dormir,
no te quiero oir;
te chisto y listo.
¡Vuelta al sueño su dueño!
Zumbidos, zumbidos,
y ahora picazón,
en el tobillo y en el talón.
Mascota, mascotita,
¿qué pasa en el techo?
No me digas que un ladrón
se escondió en algún rincón.
¡Qué chuchi, mamuchi!
Me hago bolita debajo de la sabanita.
Zumbidos.
Ronquidos.
Ladridos.
¿Qué más?
¡Que no le toque al gallo ponerse a quiquirequear!
¡Qué el despertador no empiece a sonar!
Porque de un manotazo hoy sí que los callo.
¿por qué tantos mosquitos?
Yo estaba soñando que estaba jugando
con motores de tractores
y quinientas herramientas.
Zumbidos, zumbidos,
me sacaron de mi sueño,
de un mundo del cual era dueño.
Hermano, hermanito,
¿por qué esos ronquidos?
Me quiero dormir,
no te quiero oir;
te chisto y listo.
¡Vuelta al sueño su dueño!
Zumbidos, zumbidos,
y ahora picazón,
en el tobillo y en el talón.
Mascota, mascotita,
¿qué pasa en el techo?
No me digas que un ladrón
se escondió en algún rincón.
¡Qué chuchi, mamuchi!
Me hago bolita debajo de la sabanita.
Zumbidos.
Ronquidos.
Ladridos.
¿Qué más?
¡Que no le toque al gallo ponerse a quiquirequear!
¡Qué el despertador no empiece a sonar!
Porque de un manotazo hoy sí que los callo.
martes, 5 de enero de 2010
lunes, 4 de enero de 2010
Barrer
Se oía que alguien chistaba por encima del tapial. Salí. Me vió. “Nena”, me llamó con un grito seco. ¿Nena? ¿Será que me ve nena porque si reconoce que soy una mujer adulta ella se tiene que reconocer a sí misma como una vieja?, pensé.
Me preguntó si sabía lo que había pasado con esos chicos que andaban en el barrio, barriendo veredas por unos pesos. Lo que sabía era que me habían dejado la vereda divina. “La vecina de enfrente los vio arrancándome las flores,” dijo. “Hay que tener cuidado, andan haciendo líos en el barrio.”
La noticia fue como un manotazo apresurado que sacaba justo el vaso que hacía de base de las pirámides unidimensionales que hacia mi vieja al borde de la pileta de la cocina cuando los lavaba después del almuerzo o de la cena. Un derrumbe.
Esos chicos eran de los chicos que la escuela se jacta de incluir, y que incluye solo a duras penas. Duras penas, que padecen algunos docentes que entre la nausea que les da ver y verse, también a veces, involuntaria, magnéticamente gritando, amenazando, odiando, siguen apostando, siguen creyendo en la posibilidad de transmitirles conocimiento.
Barrer, hacerse un lugar. Barrer, pertenecer a un grupo humano distinto de la familia, de la escuela. Barrer, forjar una identidad. ¿Barrían o hacían lío? ¿Se incluían o se excluían? Temblaba mi pirámide chata de vasos de vidrio.
Los ví escuchando los retos de la veinteañera de enfrente. Me advirtieron otros vecinos que el padre los esperaba en la esquina para que le dieran la plata. Los vi tocando timbres para ofrecer sus servicios. Vi al más chiquito, de una altura que no excedía el metro, arrastrando el rastrillo. Vi a la más grande, que no tenía más de doce años, con la hermanita en la bici, con las bolsitas para juntar la basura que barrían en el canasto. Jony golpeó mi puerta.
Le abrí. Nos saludamos. Me pregunto si necesitaba que me barrieran la vereda. Le dije que antes necesitaba contarles lo que me había enterado. Le conté. Se alejó a preguntarle algo a la hermanita más chica. Se acercaron todos. Me dijo, la chiquita, que había arrancado las flores amarillas que se transforman en plumerillos para llevárselos a la mamá.
La nena volvía a poner en su lugar el vaso que me habían empujado. Les dije que la próxima vez, aunque fuera un yuyo lo que querían llevar, lo pidieran. Me barrieron la vereda. Se fueron contentos. Pero ya no se los ve tan seguido por el barrio.
Me preguntó si sabía lo que había pasado con esos chicos que andaban en el barrio, barriendo veredas por unos pesos. Lo que sabía era que me habían dejado la vereda divina. “La vecina de enfrente los vio arrancándome las flores,” dijo. “Hay que tener cuidado, andan haciendo líos en el barrio.”
La noticia fue como un manotazo apresurado que sacaba justo el vaso que hacía de base de las pirámides unidimensionales que hacia mi vieja al borde de la pileta de la cocina cuando los lavaba después del almuerzo o de la cena. Un derrumbe.
Esos chicos eran de los chicos que la escuela se jacta de incluir, y que incluye solo a duras penas. Duras penas, que padecen algunos docentes que entre la nausea que les da ver y verse, también a veces, involuntaria, magnéticamente gritando, amenazando, odiando, siguen apostando, siguen creyendo en la posibilidad de transmitirles conocimiento.
Barrer, hacerse un lugar. Barrer, pertenecer a un grupo humano distinto de la familia, de la escuela. Barrer, forjar una identidad. ¿Barrían o hacían lío? ¿Se incluían o se excluían? Temblaba mi pirámide chata de vasos de vidrio.
Los ví escuchando los retos de la veinteañera de enfrente. Me advirtieron otros vecinos que el padre los esperaba en la esquina para que le dieran la plata. Los vi tocando timbres para ofrecer sus servicios. Vi al más chiquito, de una altura que no excedía el metro, arrastrando el rastrillo. Vi a la más grande, que no tenía más de doce años, con la hermanita en la bici, con las bolsitas para juntar la basura que barrían en el canasto. Jony golpeó mi puerta.
Le abrí. Nos saludamos. Me pregunto si necesitaba que me barrieran la vereda. Le dije que antes necesitaba contarles lo que me había enterado. Le conté. Se alejó a preguntarle algo a la hermanita más chica. Se acercaron todos. Me dijo, la chiquita, que había arrancado las flores amarillas que se transforman en plumerillos para llevárselos a la mamá.
La nena volvía a poner en su lugar el vaso que me habían empujado. Les dije que la próxima vez, aunque fuera un yuyo lo que querían llevar, lo pidieran. Me barrieron la vereda. Se fueron contentos. Pero ya no se los ve tan seguido por el barrio.
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