Había una vez una nena que iba caminando por un caminito y llegó a un bosque. Lo primero que escuchó fue el piar de los pájaros. Se sorprendió, pues entendió claramente que ese “pío-pío” significaba “bienvenida”. Entonces siguió, contenta su camino.
No mucho más adelante volvió a sorprenderse porque sintió el aroma de hierba húmeda y entendió, claramente que el olor de la naturaleza era la manera que tenían los vegetales de darle la bienvenida.
Caminó un poco más, más contenta y apenitas más adelante sintió en la pantorrilla el golpe que le dio la piedra contra la que tropezó. Y en las manos el pinchazo de las ortigas contra las que cayó. Y en la nariz, los cachetes y la boca la respuesta instantánea, automática que da el choque de la piel contra la viscosidad de los charcos de barro: el asco.
Y se largó a reír hasta descostillarse, pues entendió que la naturaleza quería recibirla como lo hubiera hecho su mejor amiga.
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