Un día el Sol decidió dejar de hacerle honor a su milenario rol del ser el centro del sistema que llevaba su nombre. Entonces agarró y se tomó unos cuantos decalitros de ibuprofeno para que le bajara la temperatura y así poder acercarse a Mercurio sin dañarlo. Después de todo el planeta no estaba tan lejos. ¿Cuánto podría tomarle recorrer aproximadamente cincuenta y siete millones novecientos diez mil kilómetros a él?
Cuando sintió los primeros chuchos de frío, comenzó a rotar lentamente en dirección al pequeño planeta. Tras los primeros giros lo invadió una desagradable sensación de náusea. Entonces se detuvo y se tomó cinco minutos para tomarse un té de jengibre, pues hacía tiempo, quien sabe cuántos siglos atrás, había escuchado que no había forma más sencilla para acabar ese malestar.
Al rato ya estaba mejor y las ganas de acercarse a otro habitante del sistema que llevaba su nombre, sin duda, habían crecido. Entonces agarró y volvió a intentar. Rotó despacio sobre su eje unos cinco segundos para darse envión y enseguida comenzó a trasladarse hacia Mercurio, que de a poquito se estaba yendo para un costado.
No había pasado mucho tiempo cuando notó que estaba metiéndose en una zona más fresca. En menos de lo que canta un gallo intentó detenerse, pues supuso que ese cambio de temperatura no podía ser otra cosa que la entrada a la órbita de Mercurio. ¡Nunca imaginó que frenar iba a ser más complicado que arrancar! ¡Estaba totalmente mareado! ¡No tenía posibilidad alguna de controlar sus movimientos! Una fuerza mayor lo mantenía tambaleándose de acá para allá. De allá para acá. De acá para el otro lado. Y ¡PUM! Se detuvo.
A solo unos metros de él, con una grieta en forma de medialuna con las puntas para abajo, estaba el pequeño, durísimo, grisáceo Mercurio. La grieta comenzó a abrirse. Hilos de lava anaranjada le chorreaban por los bordes. Dos cráteres profundos, ubicados por encima de la grieta triste, parecían mirarlo con una mezcla extraña que combinaba desconcierto, enojo y alivio.
− Disculpame, ¿te duele?, preguntó el Sol.
− Un poco − respondió el chiquitín. Pero no es nada, hace siglos que te esperaba. Pensé que nunca te ibas a decidir a salir del centro de tu sistema.
− Estaba bastante cómodo, pero muy solo y aburrido.
− Hace siglos que te estaba esperando. La verdad casi pierdo la esperanza, pero ya estás acá. Con la temperatura justa. Y justo a tiempo.
“¿La temperatura justa? ¿Justo a tiempo?” El Sol no entendía lo que estaba pasando. Y ya iba a preguntarle a Mercurio si se estaba muriendo de frío con los trescientos y pico de grados que le mandaba desde el centro del sistema, cuando notó que la grieta con puntas de medialuna para abajo era ahora una medialuna con las puntas para arriba. Y ya iba a preguntarle a Mercurio si se sentía mejor, cuando notó que desde los profundos cráteres que estriaban su superficie chorreaba un líquido. Era incoloro. Era inodoro. Era insípido.
Fue enceguecedor el flash que salió de un cuerpo extraño que giraba muy cerca del planeta rocoso. “Los humanos se acaban de enterar que en mí van a encontrar lo que les está faltando en la envejecida Tierra,” explicó Mercurio. “Espero que hayan dejado de creer que son el centro del sistema que lleva tu nombre y nos respeten un poco más”.
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